Entre idas y venidas, Alcaraz sigue en la tarta

Si funciona el primer servicio, el gran dullón Jan-Lennard Struff (34) es un martillo, un bateador temible que divide los aces y va al grano: con frecuencia, aplica el saque-volea.

Si no la acompañas primero, te sentirás vulnerable.

Para derrotarlos y meterse en cuartos de final del Mutua Madrid Open, este Carlos Alcaraz (20) que ha vendido el antebrazo derecho, ese antebrazo que le privó de lucirse en Montecarlo y en el Trofeo Godó de Barcelona, ​​​​​​mantiene eso muestra su paciencia y mucha concentración.

Sobre todo, cuando queda.

Mientras Jannik Sinner se entrena y vuelve a adelantarse a Karen Kachanov para seguir (5-7 y un doble 6-3), Alcaraz muestra su paciencia, pero a veces está jugón y estupendamente. La fórmula es una bendición para los sentimientos, aunque retenga a sus servidores.

Así se puede comprobar en la parroquia, brindando las ovaciones del público en la Caja Mágica.

Si fallas un tiro, una volea o un balón, el marcador vuelve.


Jan-Lennard Struff, en Madrid

Manu Fernández / AP

Y tanto es así que regresa el goleador, sobre todo en el segundo y tercer set, que el gigante Alemán, un clase media que nunca ha dado un logro (sólo un título ATP en su carrera, en Mónaco, este año; en el mejor ranking por ejemplo el 21), amplía el compromiso. Alcaraz necesita tres bolas para deshacerse al final de este juego que acaba con diez aces y salva cuatro bolas del partido y resiste hasta el tie break de la tercera bola y sólo pasa en el 2h52m: 6-3, 6-7 (5) y 7-6 (4).

“Fue increíble poder jugar tres horas a este nivel, durante un mes sin competir. La tensión no me ayudó desde el primer punto. Al final parece que físicamente me quedé un poco corto y jugué bárbaro, pero él consiguió mantener el nivel y ahí sigo”, confía Alcaraz al final, con el triunfo en el zurrón.

Alcaraz habla y sonríe, acaso aliviado, pues vuelve a verso competitivo. Preguntaron por sus botas de antebrazo, problema que surgió y la mantuvo preocupada durante varias semanas: no sabía de dónde venía, no sabía cuánto podía forzar el motor.

Ajeno a los dolores, incluso algunos en presencia del alemán, Alcaraz se da cuenta de que está en condiciones de aguantar ante los pesos pesados. Lo hizo justo en el momento: donde espera Andrey Rublev.

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